La monarquía marroquí

En Marruecos, la monarquía de Hassan II, que alternó periodos de gobierno absoluto y constitucional sin perder nunca el poder ejecutivo, legitimó su gobierno en su autoridad religiosa como sucesor del profeta Mahoma, gesto con el que se apropió de las funciones religiosas que tradicionalmente ejercían los ulemas. Así, justificó el fracaso de los golpes de estado de 1971 y 1973 por la protección divina de la que gozan los descendientes de Mahoma. A pesar de perseguir a los militantes de las formaciones nacionalistas e islámicas, ambas causas fueron utilizadas por Hassan como medio para lograr la cohesión interna del régimen. En dos ocasiones, el rey pretendió desviar el descontento suscitado por motivos políticos, económicos o religiosos mediante acciones militares contra países vecinos. En 1963 invadió una comarca fronteriza en Argelia que no logró someter gracias a la intervención de la OUA, y en 1975 lanzó contra las fuerzas españolas en el Sahara la llamada «Marcha Verde». La descolonización del Sahara español constituyó un caso especial en el proceso independentista africano; la soberanía del territorio no fue concedida a los habitantes de la ex colonia, sino a Marruecos y Mauritania con carácter de protectorado. Entendiendo como una prolongación de su territorio, Marruecos llevó a cabo una ocupación militar al Sahara y un proceso de colonización, que a pesar de las condenas internacionales y la presión de la ONU para la celebración de un referéndum se mantiene hasta el presente.

A la muerte de Hassan II en 1999, le sucedió en el trono su hijo mayor Mohamed VI que se comprometió a democratizar las instituciones del país y a acabar con la pobreza y la corrupción. A pesar de que se llevaron a cabo ciertas reformas, en general las expectativas creadas se vieron frustradas y en las elecciones legislativas de 2002 y en los comicios municipales de 2009 el Partido Justicia y Desarrollo (PJD), de carácter islamista, experimentó un notable avance.

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