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Nueva Colección: Medicina Natural y Salud

• La salud ha sido desde siempre una constante preocupación de la humanidad. La educación y promoción de los buenos hábitos saludables, así como el conocimiento de nuestro cuerpo y de sus dolencias, son aspectos imprescindibles para alcanzar una mejor comprensión de la salud y de nuestro bienestar físico y emocional. El filósofo griego Platón decía que la buena educación es aquella que puede dar al cuerpo y al alma toda la belleza y perfección de la que son capaces. Para lograr este desarrollo completo del ser humano, es muy importante regular la armonía entre el desarrollo físico, la formación intelectual y el crecimiento emocional y espiritual, todo ello apoyado además por un entorno social y un ambiente natural adecuados.

• La medicina natural es un concepto bastante amplio que incluye una gran variedad de técnicas terapéuticas complementarias y alternativas a la medicina convencional y que pretenden conseguir el alivio o la curación de las enfermedades por medio de los productos procedentes directamente de la naturaleza, sin síntesis y con escasa o nula manipulación. La homeopatía, la acupuntura, la fitoterapia, el biomagnetismo, la digitopuntura son algunos ejemplos de estas prácticas. Los principios teóricos de la medicina natural y de sus poderes curativos fueron descritos por primera vez alrededor del siglo V y IV a.C. por algunos seguidores de Hipócrates y Galeno. En estos tratados se sostenía que la naturaleza dota al organismo humano con una serie de poderes internos que le sirven para autorregularse, restaurándose a sí mismo su salud. Esta teoría explica algunos síntomas y signos fisiológicos, como la diarrea, las inflamaciones y la fiebre, como intentos del organismo para alcanzar el equilibrio y unas condiciones vitales estables.

• La medicina natural se basa en tres principios fundamentales: aprovechar la tendencia natural del organismo a buscar el equilibrio, promover la salud a través de la higiene y unos buenos hábitos y utilizar remedios de origen natural que actúan sobre el organismo como suaves estímulos carentes de efectos secundarios. Otro elemento importante de la medicina natural es el principio del tratamiento de la persona total, es decir, se trata más al individuo que a la enfermedad.

• La salud no consiste sólo en sentirse bien hoy, sino también en saber que nos sentiremos bien mañana. Y la mejor forma de disfrutar de esa tranquilidad es la puesta en práctica de unas condiciones de vida saludable, marcada por el ejercicio físico, el consumo de una dieta equilibrada y hacerse regularmente un chequeo de salud como herramienta preventiva. Por ello, para poder tomar cualquier medida acerca de nuestra salud necesitamos saber primero cómo funciona nuestro cuerpo. Eso nos permitirá adoptar hábitos saludables e introducir cambios en nuestra rutina diaria que los favorezcan, poder distinguir, por ejemplo, entre los alimentos que mejor nos convengan y acercarnos a la naturaleza para encontrar remedios tradicionales utilizados con eficacia desde hace miles de años.

 

 

 

La monarquía marroquí

En Marruecos, la monarquía de Hassan II, que alternó periodos de gobierno absoluto y constitucional sin perder nunca el poder ejecutivo, legitimó su gobierno en su autoridad religiosa como sucesor del profeta Mahoma, gesto con el que se apropió de las funciones religiosas que tradicionalmente ejercían los ulemas. Así, justificó el fracaso de los golpes de estado de 1971 y 1973 por la protección divina de la que gozan los descendientes de Mahoma. A pesar de perseguir a los militantes de las formaciones nacionalistas e islámicas, ambas causas fueron utilizadas por Hassan como medio para lograr la cohesión interna del régimen. En dos ocasiones, el rey pretendió desviar el descontento suscitado por motivos políticos, económicos o religiosos mediante acciones militares contra países vecinos. En 1963 invadió una comarca fronteriza en Argelia que no logró someter gracias a la intervención de la OUA, y en 1975 lanzó contra las fuerzas españolas en el Sahara la llamada «Marcha Verde». La descolonización del Sahara español constituyó un caso especial en el proceso independentista africano; la soberanía del territorio no fue concedida a los habitantes de la ex colonia, sino a Marruecos y Mauritania con carácter de protectorado. Entendiendo como una prolongación de su territorio, Marruecos llevó a cabo una ocupación militar al Sahara y un proceso de colonización, que a pesar de las condenas internacionales y la presión de la ONU para la celebración de un referéndum se mantiene hasta el presente.

A la muerte de Hassan II en 1999, le sucedió en el trono su hijo mayor Mohamed VI que se comprometió a democratizar las instituciones del país y a acabar con la pobreza y la corrupción. A pesar de que se llevaron a cabo ciertas reformas, en general las expectativas creadas se vieron frustradas y en las elecciones legislativas de 2002 y en los comicios municipales de 2009 el Partido Justicia y Desarrollo (PJD), de carácter islamista, experimentó un notable avance.

La guerra civil de Argelia

En Argelia, el FLN, bajo el liderazgo de Boumedienne y desde 1978 de Benjedid, impuso un sistema de partido
único socialista y nacionalista, de economía centralizada y neutral en política exterior. En 1973, envió un contingente de soldados a participar en la guerra contra Israel, y en 1977 se opuso a la iniciativa de paz de Sadat. Sus proyectos de unidad magrebí resultaron frustrados por el apoyo al Frente Polisario en contra de Marruecos. Aunque se reconoció el islam como religión oficial, la presencia omnímoda del Estado impidió la libre organización de las comunidades de base islámica, que se convirtieron en la plataforma de la oposición al régimen, que canalizaba el descontento de las masas afectadas por las crisis de subsistencia que periódicamente asolan el país.

En una situación de profunda crisis económica y de agotamiento del modelo político y social del FLN, se convocaron elecciones democráticas en 1992. Ante la victoria del movimiento fundamentalista (FIS), en la primera vuelta se produjo un golpe de estado que impidió su acceso al poder. El presidente Benjedid dimitió, se anuló la segunda vuelta de las elecciones y el ejército, junto con el FLN, instauró un Alto Consejo de Estado presidido por Mohammed Boudiaf, asesinado ese mismo año. Se desencadenó así una guerra civil latente marcada por el ciclo terrorismo/represión, con grupos armados muy activos, como el Ejército Islámico de Salvación, brazo armado del FIS, o su rival el Grupo Islámico Armado (GIA), y un saldo de miles de víctimas. En las elecciones presidenciales de 1999 fue elegido Abdelaziz Bouteflika, reelegido en 2004 y nuevamente en 2009 bajo acusaciones de fraude.

La difícil democratización del norte de África

En Egipto, el sucesor de Nasser, Anuar el Sadat (1970-1981), abandonó el neutralismo activo por el colaboracionismo con Occidente, especialmente después de la derrota ante Israel en 1973. En 1979 firmó el Tratado de Paz de Camp David, que puso fin a las hostilidades con el Estado judío y que permitió a Egipto recuperar la península de Sinaí, pero por el que se granjeó la enemistad de todos los países árabes y de los movimientos islámicos del interior del país. Tras el asesinato de Sadat perpetrado por fundamentalistas islámicos en 1981, Hosni Mubarak accedió a la presidencia del país y del Partido Nacional Democrático, cargos para los que fue reelegido en 1987, 1993, 1999 y 2005. Mubarak siguió la política de Sadat, tratando de mantener un equilibrio entre la posición árabe tradicional y las buenas relaciones con Israel y Estados Unidos y buscando siempre soluciones pacíficas al conflicto árabe-israelí. En 2005 se aprobaron unas tímidas reformas democráticas que permitirían a otros candidatos presentarse a las elecciones presidenciales.

La República Popular de Libia se constituyó como un régimen presidencialista, inspirado en el Libro Verde (1973), en el que Gaddafi enunciaba la llamada tercerateoría universal, que no era otra cosa que un nuevo proyecto de socialismo árabe con el que el coronel intentaba marcar diferencias con el baasismo y el nasserismo. La Constitución de 1973 se basaba en los siguientes principios: política antiimperialista, panarabismo, socialismo y confesionalidad del Estado. En cuanto al panarabismo, Gaddafi intentó varios proyectos de federación con países como Egipto  (1971-1972), Siria (1971 y 1980), Túnez (1974) y Marruecos (1984-1986), que resultaron un fracaso; apoyó al Frente Polisario contra Marruecos, a Irán contra Irak y a los rebeldes chadianos contra su gobierno, todo ello para consolidarse como el líder de la causa árabe y sucesor de Nasser; pero los excesos políticos, ideológicos y retóricos de Gaddafi, su actitud beligerante y su excesivo protagonismo le fueron aislando dentro del mundo árabe. Por sus veleidades imperialistas, Gaddafi se enfrentó también con otros países africanos, que vieron la mano del coronel en el asesinato del presidente de Guinea-Bissau, en el derrocamiento del régimen de Alto Volta y los golpes de estado fallidos en Níger y Gambia, todos ellos ocurridos en 1980.

La política antiimperialista de Libia se puso en práctica con una actitud agresiva contra los países occidentales, especialmente Estados Unidos, y en el apoyo a los movimientos guerrilleros y terroristas de todo el mundo bajo la protección de la URSS. Gaddafi se enorgullecía de ser el dirigente antioccidental que mayor hostilidad causaba en sus enemigos, con lo que Libia asumía un papel que por su importancia económica y estratégica no le correspondía. El soporte que el líder libio daba a todo tipo de organizaciones terroristas, especialmente palestinas, para cometer atentados contra intereses occidentales provocó una desmesurada reacción estadounidense; el ataque aéreo y naval contra Libia en 1986, al margen de ser considerado por Reagan un acto de legítima defensa o de agresión en opinión de la mayoría de la comunidad internacional, dividió a los aliados de Washington y suscitó muestras de adhesión a Gaddafi incluso de los líderes árabes que menos simpatías sentían por él.

El régimen libio fue abandonando la causa panárabe en favor del islamismo, que intentó convertir en la conciencia del Tercer Mundo. Pero Gaddafi practicaba una heterodoxia difícilmente asimilable por otros países islámicos; su interpretación herética del Islam no reconocía más que el Corán, y negaba la sunna, hadith, ijma y qivas, la cualidad de fuentes auténticas y, en cambio, defendía el derecho de cada creyente a interpretar el islam según su propio criterio para adaptarlo al mundo moderno, lo que destruía las bases del poder de los ulema. Ante el aislamiento del país y el nuevo orden mundial subsiguiente a la desaparición de la URSS, Gaddafi acabó moderando sus posturas y abandonó su apoyo a los movimientos revolucionarios. A partir de entonces impulsó una política panafricanista (relegando a un segundo plano el nacionalismo árabe) y de buenas relaciones con Occidente.

En Sudán, el gobierno autoritario y fundamentalista de el-Nemeiry intentó aplicar una estricta legislación islámica a partir de de la década de 1970, y combatió las guerrillas organizadas en las tres provincias cristianas y animistas del sur del país. En los años ochenta se creó un Estado federal que incluía los Estados del sur pero posteriormente se introdujo la ley de la sharia y se disolvieron los Estados del sur, lo que provocó una nueva guerra civil. En 1985, un golpe militar restauró el gobierno civil, lo que no impidió que se intensificase la guerra civil. La sustitución de las antiguas leyes islámicas provocó un nuevo golpe militar en 1989, que convirtió al general Omar el-Bashir en presidente de un régimen autoritario. La segunda guerra civil desplazó de su territorio a varios millones de habitantes del sur.

Desde 2003 otro conflicto en la región de Darfur, al oeste de Sudán, ha venido provocando un exterminio de la  oblación negra por parte de los yanyawid, apoyados por el gobierno sudanés.

En Tunicia, a principios de la década de 1970 tuvieron que abandonarse parcialmente los principios socialistas ante la enorme deuda exterior acumulada y la incapacidad de elevar las tasas de productividad. El fracaso del modelo de reforma social y económica puesto en práctica con la revolución tunecina y el progresivo deterioro de las libertades públicas hicieron emerger un movimiento de descontento que encontró en las mezquitas su vía de expresión. Con todo, Burguiba se mantuvo en el poder hasta 1987, año en que fue depuesto por Zine El Abidine Ben Ali que se consolidaría en la presidencia también por un largo periodo al ser reelegido en sucesivos comicios, el último en 2009 con casi el 90 % de los sufragios. Aunque Tunicia inició un periodo de mayor apertura al exterior y en 2002 se aprobó una reforma constitucional, el régimen sigue siendo cuestionado por su falta de garantías democráticas.

Las guerras de Ruanda y el Congo

Los enfrentamientos entre los tutsis y los hutus, constantes en la historia de Ruanda, ensangrentaron los primeros quince años de vida independiente de este país: en diciembre de 1963 y enero de 1964 fueron masacrados varios miles de tutsis y unos 120.000 más partieron al exilio principalmente a Burundi, donde, a diferencia de Ruanda, se mantenía férreamente el poderío tutsi sobre sus rivales hutus; en febrero de 1973, en nuevos incidentes, se produjo un número indeterminado de víctimas (oficialmente, unas 300), seguido de otro éxodo de tutsis. Como éstos habían partido ya durante los tres años que precedieron a la independencia en una cifra que se estima en 140.000, su porcentaje en la población del país bajó del 15 al 9 % entre 1959 y 1973.

La democratización de muchos países de África en los primeros años de la década de 1990 afectó también a Ruanda, por lo que el régimen del general Juvénal Habyarimana tuvo que consentir que en 1991 fuera establecido el pluripartidismo. Para entonces era cada vez más activa la guerrilla tutsi del llamado Frente Patriótico (FP), que operaba desde la retaguardia proporcionada por los campos de refugiados tutsis instalados en la vecina Uganda.

El 6 de abril de 1994 murió Habyarimana al ser derribado su avión junto a la capital. Los hutus atribuyeron el atentado a los tutsis del FP, e inmediatamente desencadenaron una espantosa matanza (de tutsis sobre todo, pero también de hutus conciliadores hacia éstos); en apenas tres meses perdieron la vida no menos de medio millón de personas, y más de dos millones hubieron de refugiarse en el extranjero, la mayoría, en el Congo. A pesar de todo, para mediados de julio de ese mismo año el Frente se había hecho con el control del país y nombrado nuevo presidente a Pasteur Bizimungu, un hutu moderado; el verdadero hombre fuerte del nuevo régimen pasó a ser, sin embargo, el general (tutsi) Paul Kagamé, que lo depuso en 2000 y se convirtió en presidente, siendo ratificado en el cargo por las  elecciones de 2003. A finales de 1996 gran parte de los hutus que se habían refugiado en el Congo regresaron a Ruanda, en medio de la crisis bélica desencadenada por entonces en el país vecino; el retorno se produjo en unas condiciones penosas en extremo, con altos niveles de mortalidad entre los grupos de población más vulnerables.

La avalancha de refugiados que huían del conflicto de Ruanda provocó una crisis en el Zaire (actual República
Democrática del Congo) que desbordó al presidente Mobutu Sese Seko, cuyo régimen, que había perdido el apoyo de Occidente, agonizaba. Esto permitió a sus opositores de la Alianza de Fuerzas Democráticas para la Liberación del Congo (AFDLC), liderados por Laurent-Désiré Kabila, iniciar una gran campaña para derrocar al dictador, con el apoyo de Uganda y Ruanda.

Fuerzas hutus refugiadas en la zona realizaban incursiones en Ruanda y el nuevo gobierno este último país tutsi decidió armar a los banyamulengue, etnia tutsi que habitaba en Zaire, lo que complicaría el conflicto por la intervención de milicias indisciplinadas de una u otra etnia que llevarían a cabo acciones muy violentas. En cualquier caso, la ofensiva rebelde terminó con la huida de Mobutu y la proclamación de la República Democrática del Congo en mayo de 1997.

Sin embargo, muy pronto, Ruanda y Uganda, antiguos aliados del nuevo régimen, se volvieron contra él y apoyaron una rebelión de los bayanmulengues en agosto de 1998. Por su parte, Kabila apoyó a los hutus y recibió ayuda de tropas de Zimbabwe, Angola, Namibia, Chad y Sudán, iniciándose una devastadora guerra, la que más muertes (3,8 millones) ha provocado en el mundo desde el fin de la Segunda Guerra Mundial. Aunque en julio de 1999 se declaró un alto el fuego, la lucha siguió sobre todo en el este del país, financiada con los ingresos obtenidos con la extracción de coltan, diamantes y otros minerales. Después del asesinato de Kabila en 2001, su hijo Joseph Kabila, que le sucedió en la presidencia del país, inició negociaciones de paz que culminaron en 2002, con la firma del acuerdo de Pretoria, en Sudáfrica, si bien esto no significó el fin de todas las hostilidades, ya que la violencia ha continuado por la actividades de grupos como el Fuerzas Democráticas para la Liberación de Ruanda, formado por hutus rebeldes. Como consecuencia del acuerdo de Pretoria, se estableció un gobierno de transición y en julio de 2006 se celebraron elecciones multipartidistas, en las que Joseph Kabila fue reelegido presidente tras algunos enfrentamientos violentos en la capital, Kinshasa.

Este artículo pertenece a la colección de Historia Universal de Signo Editores.

 

Los últimos residuos del colonialismo en África (Parte II)

La política portuguesa y, concretamente, la revolución de 1974 determinaron la independencia apresurada de las colonias de Portugal, después de una larga lucha de los grupos nacionalistas contra el sistema provincial. En Guinea-Bissau, el grupo guerrillero del PAIGC, después de controlar amplias zonas del país, declaró unilateralmente la independencia, tras lo cual se constituyó en una República de partido único. A pesar de que el movimiento nacionalista de Cabo Verde propuso la unión de ambos territorios en un solo Estado independiente, finalmente se descartó esta posibilidad.

 

En Mozambique, el movimiento revolucionario FRELIMO y en São Tomé y Príncipe el Partido Nacionalista,
ambos de inspiración socialista, pactaron con el nuevo gobierno portugués el acceso a la independencia.
Sin embargo, tras la independencia se desencadenó una guerra civil hasta que en 1992 se firmó un acuerdo de
paz entre el FRELIMO y el RENAMO. El primero abandonó el marxismo-leninismo y adoptó para el país una economía de mercado bajo un programa de ajuste estructural. Armando Emilio Guebuza, sucesor de Joaquim Chissano en la presidencia desde 2004, prometió darle continuidad a las exitosas políticas económicas que favorecían la inversión extranjera. También conflictiva fue la independencia de Angola, donde la división de los partidos nacionalistas desembocó en el estallido de una guerra civil entre el grupo mayoritario MPLA, con el que Portugal había negociado la descolonización, y el UNITA. Tras el final definitivo de la guerra civil en 2002 se formó un gobierno de unidad nacional y en 2008 se celebraron elecciones parlamentarias, en las que ganó el MPLA.

El Sahara Occidental, que se había convertido en provincia española en 1958, con una asamblea representativa propia, era reivindicado por el gobierno marroquí desde hacía tiempo. La importancia económica del territorio se basaba en la explotación de yacimientos de fosfatos, descubiertos en 1950. Marruecos presionó a las autoridades españolas impidiendo a los pesqueros de Canarias faenar en sus costas, reclamando la soberanía sobre las ciudades de Ceuta y Melilla, utilizando a sus aliados occidentales en contra de España, instrumentalizando el desconcierto de los últimos momentos del régimen franquista y organizando en 1975 una invasión del Sahara por unos 100.000 civiles (la Marcha Verde). A pesar de que la ONU y la OUA se manifestaron a favor del derecho de autodeterminación del pueblo saharaui y reconocieron al Frente Polisario como su legítimo representante, el gobierno español decidió ceder su soberanía a Mauritania y Marruecos, con los que firmó un tratado en 1975. Ese mismo año, el Frente Polisario proclamó la República Árabe del Sahara, que fue reconocida por la mayoría de los Estados de la OUA. En 1976, Mauritania renunció a sus derechos sobre el territorio, pero Rabat se negó a permitir la retirada de sus tropas y retrasó continuamente la celebración de un referéndum sobre la independencia del Sahara o su incorporación a Marruecos, con lo que el problema quedó estancado.

En Rhodesia, la guerra de guerrillas iniciada en 1967 por los dos partidos negros (el ZANU y el ZAPU) fue erosionando la posición del gobierno racista de Ian Smith hasta que finalmente éste decidió conceder la legalidad al partido nacionalista negro, partidario de una solución negociada al conflicto (ANC). En 1979, su líder, Abel Muzorewa, resultó elegido en las primeras elecciones libres que permitieron la participación de la mayoría negra, cambió el nombre del país por el de Zimbabwe e inició un plan de reconciliación nacional del que formaron parte las guerrillas, los representantes de la minoría blanca, y la Commonwealth y el gobierno británico como observadores. A partir de 1982, el país empezó a deslizarse hacia el monopartidismo hasta caer bajo la dictadura del primer ministro Robert Mugabe, que consiguió perpetuarse en el poder a pesar de la graves crisis económica y de la condena internacional.

En Namibia, las autoridades surafricanas llegaron a un acuerdo con la organización guerrillera SWAPO (Organización Popular de África del Sudoeste) en 1989 para el alto el fuego a cambio de la convocatoria de unas elecciones y la ejecución de la resolución 435 del CSNU. En 1990 se aprobó la Constitución, y el líder del SWAPO, Sam Nujoma, después de más de treinta años de exilio y de lucha accedió a la presidencia de Namibia, admitida como nuevo miembro de la ONU en marzo de 1990. Sam Nujoma fue reelegido en 1994 y 1999, siendo sustituido en 2004 por Hifikepunye Lucas Pohamba, también del SWAPO. En Sudáfrica, el presidente Frederik W. de Klerk empezó de forma prudente a dar los primeros pasos para el establecimiento de un régimen realmente democrático en la década de 1990, como la legalización del Congreso Nacional Africano (CNA) y la excarcelación del histórico líder de la resistencia negra Nelson Mandela en 1990 y la eliminación de las bases legales del apartheid en 1991. La colaboración entre ambos culminó con la celebración de elecciones libres en abril de 1994, que dieron la victoria al CNA, lo que hizo de Mandela el primer presidente negro del país. En 1996 fue aprobada la nueva Constitución de la Sudáfrica democrática y plurirracial. Institucionalmente, el país mantuvo su estabilidad,  siempre gobernada por el CNA. A Mandela le sucedieron en 1997 Thabo Mbeki, reelegido en 2004, y Jacob Zuma en 2009. No todos los problemas
heredados del régimen del apartheid se han solucionado, puesto que millones de sudafricanos negros continúan viviendo en la pobreza.

Ha leido un fragmento de la colección de Signo Editores sobre Historia Universal

África y Asia nuevos y viejos conflictos (Parte I)

África y Asia, que fueron inicialmente los escenarios de las luchas por la descolonización, pasaron luego ser teatro del enfrentamiento entre los bloques y posteriormente de luchas étnicas o de culturas, tras la emergencia del fundamentalismo islamista como una fuerza de oposición a Occidente. Como fenómenos positivos del último tercio del siglo XX, en África hay que anotar la culminación de los procesos de emancipación de las antiguas colonias portuguesas y Namibia, así como el desmantelamiento de los regímenes de segregación racial de Rhodesia y Sudáfrica, aunque la descolonización del Sahara sigue sin perspectivas de que pueda tener una solución. En cambio, han brotado otras guerras de orígenes étnicos, como las de Ruanda y el Congo, a las que los intereses occidentales no han sido siempre ajenos. La aparición del integrismo islámico ha ensangrentado además algunas zonas del norte de África, como Argelia o Sudán. En Oriente Medio, el viejo conflicto de Palestina entre árabes e israelíes sigue sin encontrar una salida aceptable para las partes y se ha complicado con nuevas guerras en la zona, como las guerras del Golfo. La aparición del terrorismo islámico, que ha golpeado algunas ciudades occidentales, ha convertido a Irak y Afganistán en nuevos puntos candentes donde la paz parece lejana. En cambio, el Sudeste asiático ha encontrado la senda de la pacificación y se apresta a entrar en una nueva era de desarrollo.

La penetración soviética en África
Los nuevos dirigentes de África eran por definición anticolonialistas y en gran medida antioccidentales, lo que
hizo abrigar esperanzas a Unión Soviética sobre las posibilidades de captar nuevos aliados. No obstante, las primeras experiencias de colaboración con Guinea, Mali y Ghana fueron efímeras, y el comportamiento neocolonial de la URSS en el conflicto del Congo, donde animó la secesión de Stanleyville y apostó por un candidato perdedor, la enemistó con la mayor parte de la OUA. Para la diplomacia soviética, el balance de la política de su país en África a principios de la década 1970 era desalentador: era proveedor de armamento a Nigeria, aliado del menos previsible de los líderes africanos, el coronel Gaddafi, y defensor del dictador somalí Siad Barre. Si Moscú no podía aspirar a tener más que relaciones amistosas con Nigeria, tampoco estaba en condiciones de esperar mucho más de Libia, a pesar de que ésta constituía el mayor arsenal de armas soviéticas fuera de Europa.

Somalia tuvo un interés estratégico para la presencia naval soviética en el Índico. A través de Cuba, Moscú supo actuar con tanta contundencia como prudencia para captar también a Etiopía, enemiga de Somalia en la disputa territorial por Ogaden. De nuevo se demostró que la inestabilidad política y el apoyo a dictadores sanguinarios, como Siad Barre de Somalia y Mengistu de Etiopía (presidente del país después de que una revolución socialista derrocara a Haile Selassie en 1974), resultaban extraordinariamente beneficiosos para los intereses estratégicos de la Unión Soviética.

A mediados de de la década de 1970, del derrumbamiento del dominio colonial portugués nacieron dos nuevos Estados: Mozambique, con un régimen de partido único de izquierdas, pero no alineado en política exterior, y Angola, donde se desató una guerra civil en la que la URSS, por medio de un numeroso ejército cubano, apostó por el bando vencedor (MPLA). La persistencia de las guerrillas de UNITA en el sur del país prolongó la permanencia de las tropas enviadas por Castro, hasta 1989-1990. El principal instrumento de influencia de las potencias occidentales en África lo constituyó la ayuda económica, terreno en el que la URSS se reveló incapaz de competir. Por eso, muchos países a los que repugnaba, por principio, un alineamiento con sus antiguas metrópolis adoptaron un neutralismo que les permitía recibir el soporte financiero del mundo desarrollado. Argelia, un país al que podía atribuirse una orientación socialista, supo mantener una postura equidistante entre la URSS y Francia para beneficiarse de los favores de ambas.
No obstante, no siempre fue posible eludir el compromiso cuando existían intereses convergentes entre las clases dirigentes y las potencias occidentales; para el Sudán de Numeiry, la ayuda estadounidense sirvió para contener la hostilidad de dos aliados soviéticos como Libia y Etiopía. De cualquier forma, los intereses tácticos, estratégicos o territoriales prevalecieron sobre cualquier consideración ideológica o moral; no podría explicarse de otro modo el apoyo occidental a dictaduras tan crueles como la de Macías en Guinea, Bokassa en África Central o Idi Amin en Uganda.

 

Este fragmento forma parte de la colección de Historia Universal de Signo Editores